Felicitación de Navidad (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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La semana que viene celebraremos la Navidad. No es otra la clave de la Navidad, ni otra la sustancia y raíz de las celebraciones de estos días que la encarnación del Hijo de Dios, o sea, su condescendencia extrema con el hombre perdido y desgraciado, amenazado y sufriente; y el origen de esta condescendencia tan extraña es el amor de Dios al hombre. Dios se ha apasionado por el hombre y se ha volcado por entero y sin reserva en favor del hombre para que sea engrandecido, para que tenga la dignidad inviolable de ser hijo querido por Dios, para que encuentre el perdón de sus pecados y goce de la infinita misericordia y de la paz estable y duradera, para que camine en esperanza y conozca la verdad que nos hace libres. Dios no abandona al hombre en su miseria, asume esa miseria y debilidad. Sin vuelta atrás: Es Dios-con-nosotros.

Ya podemos empeñarnos en ir contra el hombre, en establecer violencia y mentira, en cercenar libertad y eliminar la vida en cualquiera de sus fases, ya podemos empeñarnos en destruir el amor verdadero o en romper la familia, ya podemos seguir empeñados en la venganza, el odio o la guerra, y en no admitir la misericordia y el perdón, ya podemos ir de tantas maneras en contra del hombre negando sus derechos fundamentales o sometiéndolo a los poderes injustos, ya podemos empeñarnos en vaciar al hombre, sumirlo en un nihilismo destructor o en el abismo del sinsentido, que, a pesar de todo y por lo que ha acontecido una vez por todas hace más de dos mil años en Belén, Dios seguirá para siempre apostando por el hombre. Esta es la gran verdad de la Navidad: Dios se ha hecho hombre. Ahí está su omnipotencia. Ahí está su poder: en ese Niño, inerme, que llora al nacer, inocente, frágil, que se está dando todo y se anonada por nosotros, los hombres. Ahí está la paz que Él nos trae y es obra suya.

El poder de Dios es distinto del de los poderosos del mundo. El modo de actuar de Dios es distinto de como nosotros lo imaginamos y de cómo querríamos imponerlo también a Él. Dios en este mundo no entra en concurrencia con las formas terrenas de poder. Él contrapone al poder ruidoso y prepotente el poder inerme y silencioso del amor, que en el Niño de Belén se rebaja y aparentemente fracasa, pero que constituye algo nuevo que se opone a la injusticia e instaura el Reino de Dios. Esto significa que nosotros mismos deberíamos ser distintos; deberíamos asumir el estilo de Dios, y se nos da la posibilidad de vivir con ese estilo, que no es otro que el del amor; deberíamos, y se nos concede la posibilidad, ejercer el poder al modo de Dios, amando y sirviendo, y llegar a ser hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia, del amor. Este es el verdadero mensaje de la Navidad.

En estos momentos, aquí en España, necesitamos celebrar esta Navidad que trae el perdón y la paz con las actitudes que hicieron posible la «transición»: perdón reconciliación, paz, convivencia, unidad, fueron los grandes valores que la Iglesia, fiel a la Encarnación y al Nacimiento de Jesús, proclamó y que la mayoría de los españoles en general vivieron intensamente. Una sociedad, la española, la nuestra, la de todos, que parecía haber encontrado el camino de su reconciliación y distensión vuelve a hallarse dividida y reabre de nuevo viejas heridas, ya olvidadas, por no sé qué memorias selectivas, y aviva sentimientos encontrados que parecían superados. Pido al Niño Dios que nos dé la cordura de su amor y de su sabiduría sin límite para que comprendamos que algunas de las medidas y posturas que se están adoptando no conducen a un progreso social y a una armonía de todos, sino más bien a un retroceso histórico y cívico, con el riesgo de tensiones, discriminaciones y violencia y alteraciones de una convivencia en concordia, verdad, amor, paz y libertad, como la que trae el Niño Dios, Dios con nosotros, que viene para todos y trae paz.

Es la paz que sigue amenazada y rota en Oriente Próximo, en las tierras que vieron nacer a Jesús, concretamente Palestina, Siria, y muy concretamente Alepo. Ha sido noticia en días pasados la visita que nos hizo a Valencia y a otras ciudades el Obispo de Alepo. Lo que nos contó de destrucción y muerte, de persecución y violencia desatada es sobrecogedor y ningún corazón puede quedar insensible. En Valencia, la diócesis de Valencia se quiere sentir y estar muy cercana a Alepo y los pueblos de Siria. Por eso he imperado que el día 1 de enero, Jornada mundial de oración por la paz, oremos en todas las Iglesias, en todas las misas, intensa y especialmente por la paz en Siria, en Alepo, por nuestros hermanos que allí tantísimo están sufriendo para que el Señor que viene sea su paz, su consuelo, su esperanza. Al mismo tiempo he mandado que en todas las parroquias, templos y oratorios en día 1 y el día 6 de enero, fi esta de la Epifanía, de los Magos de Oriente, hagamos colectas para aliviar un poquito sus inmensas necesidades y que todo cuanto se recoja en esas colectas se envíe a Cáritas o directamente al Arzobispado para este fin.

Por último, en esta Navidad pido a Dios que conceda a la Diócesis de Valencia que los políticos que rigen la Comunidad Valenciana, la provincia o sus pueblos sensibilidad para que busquen por encima de todo el bien común y rectifiquen, corrijan el daño que va a causar su ley aprobada lamentablemente hace unos días por las Cortes Valencianas sobre género y su incidencia en la educación, en las familias y en los más débiles e indefensos, que son niños y adolescentes. Está en juego en dicha ley el hombre y su futuro y no puedo menos que denunciar el desastre que cometen con esta ley inicua y liberticida, tan contraria a lo que estos días celebramos: Dios con nosotros. Tengo esperanza, la que me da la maravilla de Dios que se hace hombre, que se hace débil y en esa debilidad manifiesta su poder, no el poder de los poderosos de este mundo que oprimen y dominan, sino el poder omnipotente del amor que se rebaja, se despoja de todo poder mundano, para estar al lado del hombre débil e indefenso, identificarse con él, asumir su humanidad. Por esto, a todos a todas las familias, singularmente a quienes sufren, deseo de corazón: ¡FELIZ NAVIDAD: PAZ A TODOS, Y LO MEJOR PARA TODOS!  

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