Ecofobia, calentamiento global y danas: a la literatura también le importa el clima (Emilio L. Ramón García, The Conversation)
Noticia publicada el
martes, 18 de marzo de 2025
El pasado 29 de octubre una dana sin precedentes arrasó el sur de la ciudad de Valencia. Acabó con la vida de 224 personas y todavía hay tres desaparecidas. El desastre acaparó durante semanas los medios de comunicación y sus efectos todavía se sienten.
Las repercusiones fueron comentadas en la última reunión del Foro Económico Mundial de Davos. Allí Al Gore, exvicepresidente de los EE. UU., señaló que desastres como este seguirán ocurriendo porque “el Mediterráneo se ha transformado en un jacuzzi”.
De hecho, la grave alarma social devenida de aquella dana ha hecho que los avisos en marzo se hayan tomado en serio, con los colegios, las universidades, los centros de salud y los cementerios cerrados debido a la alerta metereológica que se ha vivido en las provincias de Castellón y Valencia.
Rosa Montero y la violencia lenta
La literatura lleva décadas advirtiéndonos de que desastres medioambientales como este, y otros incluso peores, podrían ocurrir.
Para la periodista y novelista Rosa Montero, en 2011, el que los medios de comunicación prestasen más atención a un partido del Real Madrid contra el F. C. Barcelona que a la cumbre del clima de Sudáfrica, en la que se alcanzaron unos insuficientes acuerdos mínimos, resultaba, cuanto menos, preocupante. Justo ese año publicaba Lágrimas en la lluvia, la primera de cuatro novelas protagonizadas por la detective replicante Bruna Husky cuyo ciclo ha cerrado este año con Animales difíciles.
En estas novelas, que transcurren entre los años 2109 y 2111, el 18 % del planeta está superpoblado debido al calentamiento global. En ese mundo, cuando las regiones costeras se fueron sumergiendo, sus habitantes emigraron a tierras más altas. Esto provocó guerras en las que murieron millones de personas.
El escenario que plantea Montero ejemplifica el concepto de “violencia lenta” de Rob Nixon. Se trata de una violencia de destrucción retardada que se dispersa en el tiempo y el espacio. Es una violencia de desgaste que típicamente no se considera violencia en absoluto y que se debe al cambio climático, el deshielo de los polos, la contaminación, la deforestación y la acidificación de los océanos.
Las lágrimas en la lluvia originales
Incluso en un escenario (ficticio) tan calamitoso como este, las grandes multinacionales obtienen beneficios. Lo hacen a través de empresas de ocio que gestionan los parques temáticos de las zonas inundadas más emblemáticas, mediante tarjetas de agua purificada y bonos mensuales de agua, y con alimentos sintéticos o las costosas licencias para comer carne. En este mundo, los pobres se ven obligados a vivir en zonas hipercontaminadas y su esperanza de vida se reduce a la mitad.
Se trata de un mundo que le debe mucho al relato de Philip Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?. Esta historia transcurre en un mundo contaminado radioactivamente a causa de la llamada Guerra Mundial Terminus que devastó la población de la Tierra, extinguió las diferentes especies animales y dejó el planeta casi inhabitable.
El relato sirvió de base para la película Blade Runner, de Ridley Scott. La propia Montero reconoce que sus novelas parten de ahí, tanto por el ambiente como por el título de la primera novela. La expresión “lágrimas en la lluvia” está extraída del monólogo final del replicante protagonizado por Rutger Hauer.
No es la única influencia de la que bebe la escritora. El nombre de la moneda oficial en las novelas de la replicante Husky, gaia, deriva del término griego para la diosa madre, Gaia, la personificación de la Tierra.
Es un término utilizado por James Lovelock en su “hipótesis Gaia”, en la que defiende que el planeta Tierra es un sistema que se autorregula. Sin embargo, en su obra La Tierra se agota explica cómo la concepción errónea de la Tierra como un recurso pasivo que puede ser explotado por los humanos ha llevado a una situación de catástrofe inminente.
Además, añade Lovelock, es incorrecto pensar que los seres humanos sean capaces de adaptarse gradualmente a los cambios que se avecinan, pues estos ya no serán progresivos ni lineales, sino abruptos. Porque, si bien la violencia ecológica a la que se refiere Nixon ha estado ocurriendo durante décadas –si no siglos–, se creía que el calentamiento global y sus consecuencias serían graduales. Pero las sequías, inundaciones e incendios demuestran que, llegados a este punto, los resultados de la violencia continuada contra el ecosistema son catastróficos e inminentes.
Situaciones ficticias y reales
En el mundo distópico de Montero, mientras la mayoría de la población malvive o muere, las zonas privilegiadas disfrutan de parques-pulmones, propiedad de Texaco-Repsol, con árboles artificiales que absorben más dióxido de carbono que los árboles naturales. Los más ricos disfrutan, además, de vivir en superrascacielos con plantas adheridas a sus paredes y con un sistema de “selva bioactiva” que recupera la humedad del aire y produce oxígeno y agua a raudales.
Pero ni siquiera ellos están a salvo de las llamadas “oscilaciones árticas”, breves e inusuales olas de frío extremo. Tampoco de los cada vez más frecuentes incendios ni de las olas de calor, eufemísticamente llamadas “excepciones térmicas”, que achicharran a la población con un calor exagerado en enero.
En una ocasión, a una de estas olas de calor le sigue una “megaborrasca explosiva” que produce una terrible inundación. Su descripción, incluida la putrefacción inmersa en el fango que le sigue, recuerda a la dana con la que abro este artículo.
La ecofobia en la literatura
Los ejemplos literarios son numerosísimos: obras como Sagrada, de Elia Barceló, La carretera, de Cormac McCarthy, o las de Margaret Atwood, la renombrada autora de relatos distópicos como El cuento de la criada y de poemas como Plasticene Suite, presentan una naturaleza devastada que resulta inhóspita para la especie humana.
La literatura se hace así eco de las ideas de Vandana Shiva y Simon Estok sobre una ecofobia a largo plazo: un desdén continuo del medioambiente, al que se ha considerado mera fuente de materias primas y oportunidades, que ha dado lugar a su esquilmación y al cambio climático.
En este orden de cosas, en lugar de promover cambios reales en medio de crisis y catástrofes, las multinacionales y los poderosos han buscado maneras de continuar con sus actividades de manera más o menos velada, de acuerdo con la lógica neocapitalista que las generó. Como el hecho de que, en la realidad, British Petroleum gastara millones de libras en cambiar su nombre a Beyond Petroleum en un intento de parecer más “verde” en lugar de emplearlas en invertir en energías limpias. No es, por tanto, casualidad que la empresa que gestiona el aire limpio en las novelas de Montero sea Texaco-Repsol.
La literatura muestra cómo el apetito ilimitado de las multinacionales por la explotación de recursos, con la ayuda de la ciencia moderna, proporciona la licencia ética y cognitiva que hace posible, aceptable y deseable la explotación. Aunque el resultado sea, como advierte Saskia Sassen, una ecosfera contaminada e inhóspita que afecta la vida diaria.