Paternidad ignorante (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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Paternidad ignorante (Carola Minguet, Religión Confidencial)

En las últimas semanas ha salido a la luz el nacimiento de los dos supuestos últimos hijos (de mujeres distintas) de Elon Musk, con lo que ya son catorce sus vástagos. Algunos han sido manipulados genéticamente, otros se han gestado por fecundación in vitro o acudiendo a la maternidad subrogada. No se sabe aún si, como algunos de sus hermanos, estos pequeños tienen nombres impronunciables; tampoco si, cuando pasen los controles de calidad, los separará de sus madres, como parece que ha hecho con sus descendientes favoritos. El modus operandi es similar, como ocurre con los asesinos en serie: recurre a una mujer para ser padre (a veces se casa un rato con ella; otras, se decanta por una relación fluida) y la reduce a ser una porta-matriz o la incubadora de su delfín.

Ante su vida privada, como por razón de sus esperpentos políticos, es fácil pensar que este hombre está desequilibrado, pues un alto coeficiente intelectual no es incompatible con el desorden mental. En consecuencia, resulta inevitable preguntarse cómo es posible que una persona así sea tan poderosa, más allá de su cuenta corriente ilimitada (en este punto, no obstante, cabría entrar no sólo en su psicología y en su biografía, sino también en cómo está organizado el mundo posmoderno y poshumanista, del que Musk es un hijo exagerado, pero previsible). Ahora bien, en su original condición de padre hay algunos riesgos en los que puede incurrir cualquiera.

Uno es la relación entre la ausencia de límites y la capacidad de destrucción, pues los primeros no están para coartar la libertad, sino que son una protección. Quien crece sin límites, está desvalido, y no sólo en contextos de opulencia como el del magnate sudafricano; además, es más propenso a caer en una espiral nihilista, pues renunciar a ellos es un modo de decir que no vale la pena defender la vida. En este sentido, Musk es un paradigma de que hace falta volver a la cordura de lo clásico, por decirlo de algún modo: los límites son buenos, existen el bien y el mal, urge educar en el realismo de las virtudes… Obviar estas verdades convierte la vida propia y la de los demás en un caos, incluso en un infierno.

Otro peligro es concebir equivocadamente la masculinidad, especialmente desde dos extremos igualmente perniciosos. De un lado, el que lleva a los hombres a actuar como seres alelados, rebajados, castrados, y a cejar de aquello que constituye su natural identidad, en la cual se incluye la paternidad. El otro extremo es el del varón egocéntrico, depredador, tirano, el cual, si tiene hijos, será con una pretensión de dominio. Son equivocadas porque los hombres de verdad son siervos. Como señala Miguel Sanmartín, ponen humildemente su fuerza, su ferocidad, su brío, su habilidad y su inteligencia al servicio de algo mayor que ellos mismos y sus pulsiones. Y la construcción y el mantenimiento de una familia está entre las más grandes de las empresas que un hombre pueda llegar a emprender. Además, le pone a prueba y le da su medida, porque todos los padres despliegan tantas veces su paternidad superados por la vida entera que se entrega a través de ellos. También la que no entienden y se les escapa. 

Quizás si este hombre pagado de sí mismo pudiera, en lugar de hijos tendría clones. Igual está empeñado en hacer de sus descendientes una suerte de raza superior, libre de condicionamientos, que represente el progreso y la mejora de nuestra especie (¿les suena?). Ahora bien, transhumanismo o enajenación mental aparte, muchos padres quieren prolongarse en sus hijos, modelarlos a su voluntad, sin comprender el error que supone forzarlos a acatar los propios planes o a reproducir la propia historia.

Es verdad que engendrar conecta con algo profundo del ser: un anhelo de eternidad que lleva a perpetuarse en la transmisión de la vida no sólo a nivel biológico, sino existencial (conocimiento, experiencia, cultura, fe...). Pero también es cierto que quien tenga la sensatez de reconocer sus propias taras deseará que su hijo no sólo no las herede, sino que sea damnificado por éstas lo menos posible. Querrá que no repita sus errores y haga su propio camino. Lo dejará libre -estando incondicionalmente a su lado- en el proceso de descubrir que es un don no planificado por ningún ser creado.

Musk es una hipérbole provocadora, pero no es el único que no alcanza a comprender que no se es padre porque una criatura respire con su ADN. Es esperpéntico, aunque no un verso suelto. También muchos otros deambulan ignorantes de que hay niveles de paternidad, de los cuales la trasmisión de los genes casi podría decirse que es el más inferior. Prueba de ello es que las personas que viven la amarga experiencia de ser huérfanos, también de padres vivos, valoran más a quienes los acompañan en su andadura como miembros de nuestra especie que a quienes pusieron su material genético en la probeta de un laboratorio o en el vientre de una mujer.

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